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Nadie gritó. No sonaron alarmas. Solo un temor silencioso y persistente que se propagaba desde las mesas de la cocina hasta los salones parroquiales. Gente común, antes firme y fuerte, comenzó a susurrar la misma confesión inquietante:
«Algo no va bien». No era lo suficientemente dramático para una noticia de última hora. No era lo suficientemente llamativo para los titulares. Solo un coro creciente de corazones cansados y mentes nubladas, en busca de respuest... Continúa...
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Nunca se propusieron convertirse en un «caso» o una «historia». Eran padres, veteranos, maestros, vecinos: personas que confiaron, cumplieron y siguieron adelante. Cuando aparecieron la fatiga extraña, la taquicardia y la ansiedad insidiosa, lo primero que surgió fue la vergüenza y la duda sobre sí mismos. Tal vez sea solo la edad.
Tal vez sea solo estrés. Tal vez sea cosa mía. Pero en las salas de estar, en los sótanos de las iglesias y en los hilos de comentarios, esas dudas privadas se transformaron lentamente en verdades compartidas.
Lo que comenzó como preocupaciones aisladas se convirtió en algo más: comunidad. Una enfermera jubilada recopilando historias en silencio.

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