PARTE 1
—A la niña déjela afuera con el guardia. Usted entra sola.
Mariana Serrano se quedó inmóvil frente a la enorme casa de Lomas de Chapultepec, abrazando con una mano su maleta y con la otra a Sofía, su hija de seis años.
Había llegado desde Iztapalapa después de dos camiones y casi dos horas de trayecto porque aquella oferta de trabajo como empleada doméstica con habitación incluida podía salvarlas. Debía dos meses de renta y, desde que su esposo murió once meses atrás, cada peso se había vuelto una batalla.
Pero no pensaba aceptar que nadie tratara a Sofía como equipaje incómodo.
—Mi hija viene conmigo —respondió—. En la agencia sabían que soy viuda y que tengo una niña. Si eso es problema, nos vamos.
El hombre que había dado la orden no respondió inmediatamente.
Arturo Del Valle, empresario de setenta años, dueño de constructoras, edificios y hoteles, observaba a Sofía como si acabara de ver un fantasma.
La niña llevaba contra el pecho un viejo cuaderno de dibujo.
—¿Cómo se llama? —preguntó Arturo.
—Sofía.
—¿Y su padre?
Mariana frunció el ceño.
—¿Qué tiene que ver mi marido con este trabajo?
—Dígame su nombre.
—Diego Arturo Serrano.
La administradora de la casa, doña Clara, dejó caer las llaves que sostenía.
Arturo perdió el color del rostro.
—Repítalo.
—Diego Arturo Serrano. Murió hace once meses.
El anciano tuvo que apoyarse en el marco de la puerta.
—Mi hijo se llamaba Diego Arturo.
Mariana soltó una risa seca, casi ofensiva.
—Mi marido era huérfano.
—No. Mi hijo se fue de esta casa hace doce años. Después adoptó el apellido de su madre: Serrano.
Mariana quiso marcharse. Pensó que todo era una broma cruel de ricos acostumbrados a jugar con la necesidad ajena.
Entonces Arturo entró al despacho y regresó con una fotografía.
En ella aparecía un muchacho de veinte años frente a un caballete, con pintura azul en la camisa y esa media sonrisa que Mariana había besado miles de veces.
Se le aflojaron las piernas.
—Diego…
Sofía corrió hacia la fotografía.
—¡Es mi papá!
El silencio que siguió fue insoportable.
Arturo miró primero a la niña, después a Mariana.
—¿Dónde está enterrado?
—En el Panteón Civil de Dolores.
—¿Quién organizó el funeral?
—Yo.
—¿Y su familia?
Mariana sintió que la rabia le quemaba el pecho.
—No había familia. Eso me dijo durante cinco años de matrimonio. Cuando murió, Sofía, una amiga y yo fuimos las únicas que estuvimos ahí.
Arturo bajó la cabeza.
Mariana sacó de su bolsa las copias de su acta matrimonial, el acta de nacimiento de Sofía y el acta de defunción.
—Aquí está su hijo —dijo golpeando suavemente el documento—. Mientras usted vivía en esta casa, él pintaba anuncios de noche para comprarle zapatos a su hija.
Arturo no intentó defenderse.
Solo murmuró:
—Yo lo obligué a escoger entre mi empresa y la pintura.
—¿Y él escogió irse?
—Escogió ser él mismo. Yo fui quien decidió que dejara de ser mi hijo.
Sofía, ajena a todo, abrió su cuaderno.
—Mamá, mira. Esta casa se parece a la que dibujaba papá.
Mariana observó la página.
Había un hombre con pinceles, una niña pequeña y, al fondo, una residencia con columnas, jardín y una torre de cristal idéntica a la casa frente a ellas.
Arturo dio un paso atrás.
Entonces, de entre las hojas, cayó un dibujo doblado.
No era de Sofía.
Era un boceto hecho por Diego.
Abajo, con su letra, aparecían solamente seis palabras:
“La casa a la que nunca volví.”
Arturo levantó el dibujo con las manos temblando.
Y Mariana comprendió que su esposo le había ocultado una parte de su vida mucho más dolorosa de lo que jamás imaginó.
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